domingo, 8 de enero de 2012

EL NIÑO MENDIGO

Este año, en la época de Navidad, pasaba frecuentemente en la calle ante un niño de apenas siete años, que estaba siempre acurrucado en el mismo rincón. Aún volví a encontrarle la víspera de la fiesta. Con un frío terrible, estaba vestido lo mismo que en verano, llevando a manera de bufanda un pedazo de trapo viejo enrollado en torno del cuello. Mendigaba, hacía la mano, según acostumbraban a decir los muchachos mendigantes petersburgueses. Son numerosos los pobres niños a quienes de este modo se envía para implorar la caridad de los transeúntes, gimoteando algún estribillo aprendido de memoria. Pero aquel pequeñuelo no gimoteaba: hablaba ingenuamente, como un picaro novato en la profesión. Había también en su mirada algo franco, lo que hizo que me afirmase en la convicción de hallarme ante un debutante. A mis preguntas respondió que tenía una hermana enferma, que no podía trabajar: quizá fuese aquello verdad. Además, ha sido algo más tarde cuando me he enterado del número enorme de niños que envían a mendigar de aquel modo cuando los más espantosos fríos azotan. Si no recogen nada, pueden tener la seguridad de que al volver a casa se verán golpeados. Cuando ha logrado reunir algunos kopeks, el picaro se dirige, con las manos rojas y entumecidas, hacia la cueva donde una banda de ropavejeros o de obreros holgazanes, que abandonaron la fábrica el sábado para no aparecer por ella hasta el miércoles siguiente, se hartan de comer y beber, conscientemente. En esas cuevas, las mujeres demacradas y golpeadas beben alcohol en unión de sus maridos, mientras chillan, desaforadas, las miserables criaturas que lactan. ¡Aguardiente, miseria, suciedad, corrupción, y, ante todo y sobre todo, aguardiente!
Apenas vuelve, envíase al niño a la taberna con el dinero mendigado, y cuando trae el alcohol, se divierten con él haciéndole beber un vaso que le corta la respiración y, subiéndosele a la cabeza, le hace rodar por el suelo, con gran alegría de los presentes.
Cuando el niño sea un adolescente lo colocarán tan pronto como puedan en una fábrica, y habrá de traer todas sus ganancias a la casa, donde sus padres las gastarán en aguardiente. Pero, antes de llegar a la edad en que pueden trabajar, estos muchachos se transforman en extraños vagabundos. Dan vueltas por la ciudad y acaban por saber dónde pueden deslizarse para pasar la noche sin necesidad de volver a sus casas. Uno de estos bribones ha dormido algún tiempo en casa de un ayuda de cámart de la Corte; había hecho su cama de una cesta, sin que el dueño de la casa se enterase de nada. Claro es que no tardan mucho en robar. Y a veces el robo llega a convertirse en una pasión, en muchachos de ocho años, que apenas si se creen culpables de tener los dedos demasiado ágiles.
Cansados de los malos tratamientos de sus explotadores, se escapan y no vuelven más a las cuevas donde les pegaban; quieren mejor sufrir el hambre y el frío, y verse en libertad de vagabundear por su propia cuenta.
A menudo estos pequeños salvajes no saben nada de nada: ignoran a qué nación pertenecen, no saben dónde viven y jamás oyeron hablar ni de Dios, ni del Emperador. Frecuentemente, se sabe acerca de ellos cosas inverosímiles, que, sin embargo, son ciertas.

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