viernes, 30 de mayo de 2014

SÉ FELIZ A TIEMPO



Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro.
A partir de aquel instante comenzó a buscarla.
Primero se aventuró por el placer y por todo lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano.
En un recodo del camino leyó un letrero que decía:
"Le quedan dos meses de vida"
Aquel hombre, cansado y desgastado por los sinsabores de la vida se dijo:
"Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean"
Y aquel buscador infatigable de la felicidad, sólo al final de sus días, encontró que en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que le dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado.
Comprendió que para ser feliz se necesita amar; aceptar la vida como viene; disfrutar de lo pequeño y de lo grande; conocerse a sí mismo y aceptarse así como se es; sentirse querido y valorado, pero también querer y valorar; tener razones para vivir y esperar y también razones para morir y descansar.
Entendió que la felicidad brota en el corazón, con el rocío del cariño, la ternura y la comprensión.
Que son instantes y momentos de plenitud y bienestar; que está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior.
Finalmente descubrió que cada edad tiene su propia medida de felicidad y que sólo Dios es la fuente suprema de la alegría, por ser él: amor, gozo, paz, bondad, reconciliación, perdón y entrega total.
Y en su mente recordó aquel proverbio que dice:
"Cuánto gozamos con lo poco que tenemos y cuanto sufrimos por lo mucho que anhelamos"
Sé feliz antes de que se te haga demasiado tarde!

martes, 6 de mayo de 2014

¿ES LIBRE EL SER HUMANO?


Por pura casualidad pude transcribir el siguiente diálogo entre una hormiga y una cigarra:


Hormiga. La verdad es que siempre me he preguntado cómo te podías pasar la vida cantando.


Cigarra. No es cantando, exactamente. Estoy rememorando los momentos más felices de mi vida. Lo que no entiendo es por qué y quién te mantiene a ti en vilo, trabajando todo el rato.


H. Es cierto que salgo muy temprano por la mañana, en cuanto los cuatro o cinco exploradores que salieron al amanecer regresan al hormiguero. Si alguno no lo hace, quiere decir que hay peligro y retrasamos la hora de ir a buscar comida para el resto.


C. ¿Es verdad que no regresáis a casa hasta haber encontrado comida para las demás?


H. Sí, es cierto. Nunca nos cuestionamos si es correcto lo que hacemos. Hemos sobrevivido sin cambiar jamás de opinión durante cuarenta millones de años. La verdad es que a las otras especies les parecemos muy disciplinadas.


C. Os parecéis muchísimo a los humanos. No cambiáis nunca de opinión, aunque os maten; ni de partido. Estáis convencidas de que sería una indignidad dejar de ser quienes sois.


H. Ya sé. Vosotras sois como muchos primates: podéis cambiar de opinión como si tal cosa. En nuestro hormiguero, todo está mucho más reglamentado. No tanto como los humanos, porque nosotras sólo nos organizamos a nivel local; sin que haya guardias urbanos ni de seguridad, el hormiguero se las arregla para sobrevivir como un colectivo más inteligente que nosotras tomadas individualmente.


C. Ahora que lo dices, es cierto que el sistema organizativo de los homínidos es lo más espantoso que he visto nunca. ¡Pobre gente!


H. Al andar casi siempre a ras de suelo, no llegamos a poder seguir la vida cotidiana de los humanos: nos pueden pisar y no solemos ver más allá de sus botas.


C. Nosotras los vemos desde arriba; no se nos escapa casi nada y, cuando hay un obstáculo para verlos, cambiamos de rama. Desde que nacen hasta que mueren están al servicio de lo que ellos llaman el “Estado-nación”. En cuanto alcanzan la mayoría de edad –mucho antes de que se haya desarrollado totalmente la neocorteza cerebral, que les permite planificar por su cuenta–, empiezan a pagar impuestos y lo siguen haciendo después de muertos, mediante un impuesto que llaman “de sucesiones” y que debieran llamar “de la muerte”.


H. La verdad es que transcurren millones de años sin que rechisten. Aguantan lo indecible. Les quedan ya muy pocas libertades. Desde luego, su Estado-nación está blindado frente al ciudadano, al que hacen la vida imposible. Me han dicho que el Estado tiene sus propios tribunales de justicia y abogados del Estado pagados, como su nombre indica, por el propio Estado. El ciudadano está desamparado.


C. Supongo que habéis reflexionado muchas veces cómo han atentado contra un derecho que para vosotras es fundamental: me refiero a la libertad de circulación. Vosotras las hormigas no podríais, literalmente, vivir sin recorrer kilómetros todos los días y aparcar donde os dé la gana. 

¿Os habéis fijado cómo les han suprimido la libertad de circulación a los humanos?

H. Yo flipo cuando lo veo. Cada tanto y cuanto los obligan a disminuir su velocidad. Si se paran en mitad de la calle –aunque sea para recoger a un enfermo–, viene un señor con una gorra que les pone una multa; la multa se incrementa si a los pocos días no han ido a pagar. Desde luego, nuestros hormigueros no habrían podido durar cuarenta millones de años con la mitad de las cortapisas con que limitan los humanos su libertad decirculación.


Eduardo Punset