jueves, 29 de diciembre de 2011

¿QUIÉN ES MI MAMÁ? ESCRITO POR JULIA, MI HERMANA

Julia  en Beniel
PEQUEÑA INTRODUCCIÓN
Os voy a contar un cuento que escribió mi hermana, Julia, hace unos años ya, lo presentó en el centro de la mujer, donde recibió un premio, como veréis a las dos nos gusta expresar sobre todo sentimientos que nacen del corazón. Le doy las gracias a Magdalena, la profesora de la escuela de adultos, que le ayudo en sus correcciones.
Como vais a apreciar, está historia es totalmente distinta a la mía, en el espacio y en el tiempo, pero uno cosa si tenemos en común, que en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido la ausencia de nuestra QUERIDA MADRE, ambas por circunstancias de la vida y sobre todo por tener una madre tan trabajadora. Para vosotros, mamá y papá de vuestra hija Julia.


¿ QUIÉN  ES MI MAMÁ?


Esta es la historia de quien allá por los años cuarenta era una niña.Una
niñita de piel de aceituna, que vivía con sus abuelos en una casita de la huerta.
Sus papás, que eran muy jovencitos, trabajaban de sol a sol y había días que venían a la pequeña cuando ya dormía en su camita. Esta niña creció y os quiere contar un cuento. Un cuento porque así es como permanecen los recuerdos infantiles en su memoria.


"Había una vez, una niña que vivía con sus abuelos en una modesta casa de la huerta. Todos los días salía a jugar al camino, mientras su abuelo SARISTO ( que así le llamaba la pequeña, porque Francisco le parecía muy complicado) trabajaba la tierra a la vez que de reojo seguía sus pasos.
Cuando cansado se sentaba a la orilla de su huerto, corriendo la chiquillas se acercaba a él:
-Saristo, estás cansado, ¿ verdad?
-Un poco. El abuelo está un poco mayor, y éste es un trabaja muy duro.
-¿Quieres que te traiga agua?
-Si. Pero lleva cuidado no vayas a caer..
Y la pequeña cruzaba los surcos que el abuelo había  hecho en la tierra, para ir en busca del botijo, que sobre el brocal del pozo, colocaban cada mañana, a la sombra de una gran morera que aliviaba las calurosas tardes de verano.
Cuando la tarde iba cayendo, y el sol se ocultaba tras la sierra, salía al camino y llamaba al abuelo:
-¡Abuelo, que ya es de noche! ¿No tienes miedo?. Ven aquí te espero.
Una tarde, que como otras, salió a jugar, entre saltos y brincos, risas y cantos, dirigió la mirada hacia el camino y vio venir a su papá.
-Papá, papá, papá........-decía.
-Viene mi papá.
Y corriendo hacia él por el camino saltó a sus brazos apretando entre sus pequeñas manos la cara de su padre. Invadida por la emoción, la niña se hizo pipí.
-Pero ¿Esto qué es ? Me has mojado.- Dijo el padre un poco enfadado.
¡Ya no te voy a tomar más!
Dejó a la niña en el suelo. Ésta, con la cabecita agachada y sin entender muy bien el porqué de es regañina, volvió, andando muy despacito junto a su abuelo. Esto jamás lo olvido.
Su padre, que en aquel momento, no pensó la importancia que podría tener ese gesto para su hija, al verla tan triste intentó de alguna manera, pedirle perdón.
A día siguiente llegó su papá tras una larga jornada de trabajo, con una cajita, atada con un lacito blanco.
-Esto es para ti, lucerito, mi niña bonita, mi cielo.
-¿Qué me traes papá? ¿Es un regalo?
-Si. Ábrelo. Seguro que te gustará.
-Nerviosa y llena de curiosidad cogió la cajita. Soltó el lazo que la cerraba y descubrió dentro de ella, un precioso estuche, color rosa grisáceo, su color preferido, y dentro de él dos peines y un espejito.
-¡Qué bonito papá! Así podré peinar a mi muñeca.
Se abrazaron. Su padre comprendió entonces que en el corazón de los pequeños no existe el rencor.
Este regalo fue para ella un sueño que tampoco olvido.
Pasaba el tiempo y la niña crecía, entre el cariño de sus abuelos, con los que seguía viviendo, sus tíos y sus padres que la veían cada noche, cuando volvían del trabajo, dormidita en su cama, envuelta en sábanas blancas como la nieve y abrazada a la muñeca de cartón.
Cuando salía a jugar al camino y las vecinas le preguntaban que dónde estaba su mamá ella siempre respondía:
-Yo tengo dos mamás. María y Fina. Las dos son mis mamás.
-Pero niña ¿Cómo que dos mamás? Y sonriendo la miraban moviendo la cabeza.
-La niña, feliz, retomaba su juego.
Un día le dijo su abuela:
-Mañana vas a ir a la escuela. -¿A la escuela? Yo siempre quiero estar contigo en la casa.
-Sólo será un ratito. Tienes que aprender a leer, escribir......Te quedan muchas cosas por aprender.
La pequeña se fue esa noche a dormir pensando en cómo sería su maestra, su escuela y mientras la abuela la arropaba le decía:
-Abuela, cuando aprenda muchas cosas en la escuela, yo te enseñaré a leer y a escribir, porque tú no fuieste a la escuela.
-No, yo no pude ir a la escuela. Cuando era como tú, sobre un cajón de madera, me subía para amasar el pan. Y con mis hermanos me iba a trillar la era.
-Cuéntamelo todo, abuela.
Mientras contaba sus historias de niña, los ojitos se le iban cerrando, vencida por el cansancio.
Al día siguiente, temprano, María entró en la habitación con un vestido azul entre sus manos.
-Levanta, Lucerito. Nos vamos a la escuela.
Y vestidita de azul, cogida de la mano de su abuela, se alejó por el camino.
Fue allí donde entre juegos de niños descubrió que solo tenía una mamá.
-Entonces,- se preguntaba la pequeña- ¿Quién es de verdad mi mamá?
Y un día, de esos en que la vida te descubre uno de sus más preciados secretos, la niña supo quién era, de verdad, su mamá, la que un día frío de enero la trajo a este mundo llenándola de felicidad.
Pero en su corazón de niña, y hasta hoy, guarda en su memoria el recuerdo de quien la  quiso y a quien quiso como a una madre, quien llenaba su corazoncito cada día de pequeñas ilusiones, quien secaba sus lágrimas en momentos de rabietas, quien rezaba junto a ella " Jesusito......" cada noche cuando se iba a dormir, quien de madrugada se levantaba para arroparla por si hacía frío y quien con un beso aliviaba siempre sus penas.
Y colorín colorado.......el cuento de una niña que se sintió muy querida se ha terminado.
A mi abuela, que desde allá donde esté, todavía me arropa en mis frías noches de invierno.
A mi madre, que ahora que tengo hijos, comprendo el dolor que le causaba el verme tantas veces dormida, el no haber escuchado mis primeras palabras y quien cada noche durante un largo rato me miraba con una velita encendida.


El día de su boda, con su padrino, nuestro padre

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