jueves, 27 de marzo de 2014

LA GALLINA Y LOS PATITOS



Venía discutiendo mucho con mis viejos. Yo me sentía totalmente incomprendido. Me parecía imposible no poder
entenderme con ellos. Sobre todo, con mi viejo. Siempre creí que mi papá era un tipo fantástico, y en aquel tiempo lo
seguía creyendo. Pero él se portaba como si pensara que yo era un idiota. Todo lo que yo hacía le parecía mal, o inútil, o
peligroso o inadecuado. Y cuando yo intentaba explicarlo era peor, no había dos ideas que pudiéramos compartir.
—...Y me resisto a creer que mi viejo se volvió estúpido.
—Bueno, no creo que se haya vuelto estúpido.
—Pero te aseguro, gordo, que se porta como si fuera tarado. Como si se encaprichara en posturas obtusas y pasadas de
moda. Mi viejo no es un tipo tan mayor como para no entender a los jóvenes... decididamente es muy extraño.
— ¿Cuento?
—Cuento.

Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos... Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató. Por
alguna razón no llegó a comerse los huevos antes de huir, pero estos quedaron abandonados en el nido. Una gallina
clueca que pasó por allí, encontró el nido sin cuidados y su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.
Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina como su madre y caminaron en fila tras ella.
La gallina contenta con su nueva cría, los llevó hasta la granja. Todas las mañanas después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el piso y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra un mísero gusano, la mamá sacaba para todos sus polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos en sus propios picos.
Un día, como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila. Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos de un salto se zambulleron con naturalidad en la laguna, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua. Los patitos nadaban alegres chapoteando y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran. El gallo apareció por los gritos de la madre y se percató de la situación. 
—No se puede confiar en los jóvenes –fue su sentencia— son unos imprudentes. Uno de los patitos que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo: 
—No nos culpen a nosotros por sus propias limitaciones. 
—No pienses, Demián, que la gallina estaba equivocada. No juzgues tampoco al gallo. No creas a los patos prepotentes y desafiantes. Ninguno de estos personajes está equivocado, lo que sucede es que ven la realidad desde miradores distintos. El único error, casi siempre, es creer que el mirado en que estoy, es el único desde el cual se divisa la verdad. 
El sordo siempre cree que los que danzan están locos.

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