viernes, 13 de abril de 2012

VOSOTROS PARA MÍ...........SOIS MUY IMPORTANTES





Una profesora universitaria inició un nuevo proyecto entre sus alumnos. A cada uno le dio cuatro lazos de color amarillo, todos con la leyenda: “Eres importante para mí“; y les pidió que se pusieran uno. Cuando todos lo hicieron, les dijo que eso era lo que ella esperaba de ellos. Luego les explicó de qué se trataba el experimento: tenían que darle un lazo a alguna persona que les resultara importante, explicándoles el motivo y dándoles los otros lazos para que ellos hicieran lo mismo. El resultado esperado era ver cuánto podía influir en las personas ese pequeño detalle.

Todos salieron de esa clase diciendo a quién darían sus lazos; algunos mencionaban a sus padres, otros a sus hermanos o a sus novios. Pero entre aquellos estudiantes, había uno que estaba lejos de casa. Este muchacho había conseguido una beca para esa universidad y al estar lejos de su hogar, no podía darle ese lazo a sus padres o sus hermanos.

Pasó toda la noche pensando a quién daría ese lazo, pero al otro día, muy temprano, tuvo la respuesta. Tenía un amigo, un joven profesional que lo había orientado para elegir su carrera y muchas veces lo asesoraba cuando las cosas no iban tan bien como él esperaba. ¡Esa era la solución!

Saliendo de clases se dirigió al edificio donde su amigo trabajaba y en la recepción pidió verlo. A su amigo le extrañó, ya que el muchacho lo iba a ver después de que él salía de trabajar, por lo que pensó que algo malo estaba sucediendo.

Cuando lo vio en la entrada, sintió alivio de que todo estuviera bien, pero a la vez le extrañaba el motivo de su visita. El estudiante le explicó el propósito y le entregó tres lazos, le pidió que se pusiera uno y le dijo que al estar lejos de casa, él era el más indicado para portarlo; el joven ejecutivo se sintió halagado, no recibía ese tipo de reconocimientos muy a menudo y prometió a su amigo que seguiría con el experimento y le informaría de los resultados.

El joven ejecutivo regresó a sus labores y ya casi a la hora de la salida, se le ocurrió una arriesgada idea: le quería entregar los dos lazos restantes a su jefe.

El jefe era una persona huraña y siempre muy atareada, por lo que tuvo que esperar a que estuviera “desocupado”. Cuando consiguió verlo, su jefe estaba inmerso en la lectura de los nuevos proyectos de su departamento, la oficina estaba repleta de reconocimientos y papeles. El jefe sólo gruñó: -”¿Qué desea?”

El joven ejecutivo le explicó tímidamente el propósito de su visita y le mostró los dos lazos. El jefe, asombrado, le preguntó: -”¿Por qué cree usted que soy el más indicado para tener ese lazo?“

El joven ejecutivo le respondió que él lo admiraba por su capacidad y entusiasmo en los negocios, además que de él había aprendido bastante y estaba orgulloso de estar bajo su mando.

El jefe titubeó, pero recibió con agrado los dos lazos, no muy a menudo se escuchan esas palabras con sinceridad, estando en el puesto en el que él se encontraba. El joven ejecutivo se despidió cortésmente del jefe y, como ya era la hora de salida, se fue a su casa.

El jefe, acostumbrado a estar en la oficina hasta altas horas, esta vez se fue temprano a su casa. En la solapa llevaba uno de los lazos y el otro lo guardó en el bolsillo de su camisa. Se fue reflexionando, mientras conducía rumbo a su casa.

Su esposa se extrañó de verlo tan temprano y pensó que algo le había pasado; cuando le preguntó si sucedía algo anormal, él respondió que no pasaba nada, que ese día quería estar con su familia. Ella se extrañó, ya que su esposo acostumbraba a llegar de mal humor.

El jefe preguntó: -”¿Dónde está nuestro hijo?” -La esposa lo llamó, ya que estaba en el piso superior de la casa. El hijo bajó y el padre sólo le dijo: -”¡Acompáñame!”

Ante la mirada extrañada de la esposa y del hijo, ambos salieron de la casa (el jefe era un hombre que no acostumbraba a gastar su “valioso tiempo” con la familia).

Ambos se sentaron en el porche de la casa. El padre miró a su hijo, quien a su vez lo observaba extrañado. Le empezó a decir que sabía que no era un buen padre, que muchas veces se perdió de aquellos momentos que sabía eran trascendentales. Y luego le expresó que había decidido cambiar, que quería pasar más tiempo con ellos, ya que su madre y él eran lo más importante que tenía. También le mencionó lo de los lazos y su joven ejecutivo. Le dijo que lo había pensado mucho, pero quería darle el último lazo a él, pues era lo más sagrado en su vida; que el día que nació, fue el más feliz de su existencia y que estaba muy orgulloso. Todo esto, mientras le prendía el lazo que decía: “Eres importante para mí”.

El hijo, con lágrimas en los ojos, le dijo: -”Papá, no se qué decir… creía que no te importaba. Te quiero papá, perdóname….“

Ambos lloraron y se abrazaron; el experimento de la profesora había dado un buen resultado, había logrado cambiar no una, sino varias vidas, con sólo expresar lo que sentían.

Ése es el poder de uno. Expresar lo que sientes y darle valor a los detalles de la gente que te ama.

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