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sábado, 26 de julio de 2014

EL AGUA DE LA VIDA



En un lejano reino en donde los mares del Sur se cruzan con los del Norte, vivía una mujer de culta y refinada sensibilidad que sentía un intenso y lúcido deseo de entregar su corazón al hombre de sus sueños.
Iris, que es así como se llamaba, quería vivir, de manera cálida y entrañable, el amor con mayúsculas, un amor que había sentido en cortas ráfagas de luz aparecidas en los abrazos de sus anteriores amores.
Iris se había enamorado en muchas ocasiones a lo largo de su vida y, más o menos, cada cuatro años, cuando su amor llegaba a un punto de inflexión, algo sucedía, o bien aparecía una tercera persona que inquietaba su corazón, o bien sentía una apatía y desmotivación que como sutil virus desvitalizaba el sentido de su relación.
Iris, a continuación, entre ansiedad y culpa, enfrentaba una dolorosa pérdida del mundo que había construido entre besos y sueños de primavera que ahora, inevitable se desmoronaba.
Pero pasado un tiempo, Iris se remontaba de sus dolores y huellas de dolor y aprovechando una ocasión en la que los ángeles la rozaban con su ala, conocía de nuevo la pasión y más tarde el amor que ella llegaba a creer que representaba el alma definitiva con la que compartir las risas y lágrimas. Iris soñaba en alcanzar el día en el que poder acercarse al umbral de la muerte unida en comunión total con su pareja.
Aquella tarde, Iris se encontraba apesadumbrada... había pasado muy poco tiempo desde la última separación y ya sentía deseos de volver a surcar las aguas de vida que su alma necesitaba... sin embargo, algo en su interior no cesaba de decirle que tenía previamente que cambiar, y que debía incorporar un mayor conocimiento de sí misma, antes de entrar en la nueva mayor profundidad de una nueva etapa.
Sin embargo ¿qué podría hacer? Se preguntaba, ¿a quién podría recurrir? En realidad, se sentía harta de consejos de amigos y manuales con recetas. ¿Qué podría hacer...? se repetía y repetía contemplando las hojas de otoño que se alejaban. Poco a poco, y mientras su corazón reverberaba en esta desesperada invocación de respuesta, se fue quedando medio dormida, cuando de pronto, un extraño aroma de rosas acompañado de un sentimiento de paz profunda, muy profunda... inundó su alma. Al instante, se abrió ante sus ojos internos una escena que despertó toda la atención de su conciencia...

Se trataba de una mujer en algún aspecto similar a ella, que parecía estar buscando agua para regar su jardín. Llegado a un lugar, se detenía y comenzaba a cavar un pozo, plena de ilusión y expectativa en su rostro. Pero una vez había cavado hasta una profundidad de 4 codos, al no hallar vestigio de agua, abandonaba frustrada y triste el lugar, por lo que al instante daba varios pasos y elegía otro sitio para cavar. Tras unos pocos minutos, cavaba cuatro codos con la misma expectación pero como tampoco encontraba el agua de vida que necesitaba, abandonaba su búsqueda con la misma expresión de frustración y tristeza... La mujer elegía a continuación un tercer lugar y cavaba también a la misma profundidad y con el mismo entusiasmo, pero era en vano, tampoco hallaba el agua que buscaba. Al final, completamente disgustada se sentó a llorar por su suerte y maldecir el resultado de su vida... ¿qué puedo hacer? se decía...
De repente, sucedió que una brisa lumínica inspiró en ella las siguientes palabras:
Para encontrar el agua de vida, deberás dedicar toda tu energía al gran manantial y profundizar y profundizar de manera flexible, hasta que despierte la conciencia integral.

lunes, 21 de abril de 2014

LA ESPOSA SORDA



Apenas me senté, empecé a hablar. Tenía ese día un tema muy claro sobre el que quería trabajar. Mis discusiones con mi pareja.
—Me parece que Gaby está de la nuca.
—De la ¿qué?
—De la nuca, chiflada, piantada, loca como una zapatilla...
— ¿Por...?
—Estuvimos discutiendo toda la semana por el tema de las vacaciones. Resulta que Gabriela quiere que vayamos todo el mes a Punta del Este con los viejos de ella, que nos invitaron; y yo no quiero ir porque me gustaría que nos fuéramos a Mar del Plata, con un grupo de amigos del club. Yo sé que a ella le gustaría mucho más el proyecto de Mardel, pero está emperrada en lo de Punta. Y si hay algo que a mí me pone loco es cuando Gaby se emperra. Más la veo así y más tozudo me pongo yo. Hasta que llega un momento en que no puedo hablar más con ella, porque siento que es absolutamente incapaz de abrir su cabeza y escuchar otras opiniones.
— ¿Y por qué ella prefiere ir a Punta del Este?
—Por nada, es un capricho.
—Pero ella no dice que es un capricho, ¿o sí?
—No, ella dice que quiere ir a Punta.
— ¿Y tú no le preguntaste por qué?

— Sí, claro que le pregunté, pero ni sé qué pavada me contestó.
— Dime, Demi, si no sabes que te contestó, ¿cómo puedes decir que es una pavada?
— Porque cuando Gabriela se encapricha, dice cualquier cosa y no escucha razones. Descalifica todo lo que el otro dice y lo único que atiende son sus propios argumentos.
—Descalifica tus argumentos.
—Sí.
—Dice, por ejemplo, que lo tuyo son estupideces, o que eres un cabeza dura...
—Esos argumentos. 
—Sí. 
—Eso. 
—O que eres un caprichoso. 
—Sí, también, cómo sab...? 
—Ayer me contaron un chiste. 
Un tipo llama al médico de cabecera de la familia: 
—Ricardo, soy yo: Julián. 
—Ah, ¿qué dices, Julián? 
-Mira, te llamo preocupado por María. 
—Pero, ¿qué pasa? 
—Se está quedando sorda. 
— ¿Cómo que se está quedando sorda? 
—Y si, viejo, necesito que la vengas a ver. 
—Bueno, la sordera en general no es una cosa repentina ni aguda, así que el lunes tráemela al consultorio y la reviso. 
—Pero, ¿te parece esperar hasta el lunes? 
— ¿Cómo te diste cuenta de que no oye? 
—Y... porque la llamo y no contesta. 
—Mira, puede ser una pavadita como un tapón en la oreja. A ver, hagamos una cosa: vamos a detectar el nivel de la 
sordera de María: ¿dónde estás tú? 
—En el dormitorio. 
—Y ella ¿dónde está? 
—En la cocina. 
—Bueno, llámala desde ahí. 
—MARIAAA... No, no escucha. 
—Bueno, acércate a la puerta del dormitorio y grítale por el pasillo. 
—MARIIIAAA... No, viejo, no hay caso. 
—Espera, no te desesperes. Toma el teléfono inalámbrico y acércate por el pasillo llamándola para ver cuándo te 
escucha. 
—MARIAA, MARIIAAA, MARIIIAAAA... No hay caso, doc. Estoy parado en la puerta de la cocina y la veo, está 
de espaldas lavando los platos, pero no me escucha. MARIIIAAA... No hay caso. 
—Acércate más. 
El tipo entra en la cocina, se acerca a María, le pone una mano en el hombro y le grita en la oreja: ¡MARIIIAAAA! 
La esposa furiosa se da vuelta y le dice: 
— ¿Qué quieres? ¡¿QUE QUIERES, QUE QUIEREEEES?!, ya me llamaste como diez veces y diez veces te contesté ¿QUÉ QUIERES?... Tú cada día estás más sordo, no sé por qué no consultas al médico de una vez... 
—Esto es la proyección, Demián, cada vez que veo algo que me molesta en otra persona, sería bueno recordar que eso 
que veo, por lo menos (¡por lo menos!) también es mío. 
Bueno, sigamos con lo tuyo... ¿qué me decías de los caprichos de Gabriela?...

lunes, 31 de marzo de 2014

REGALOS PARA EL MAHARAJÁ


—Mira, Demián, sería fantástico que le llevaras los apuntes a tu amigo, sería ideal que además sintieras placer al hacerlo, sería razonable que lo hicieras sin emoción alguna, pero ¿sintiendo bronca?... Yo no creo que Juan pueda aprobar esa materia estudiando por esos apuntes!
— ¿Eso qué tiene que ver?
— Nada, es una broma, pensaba en las “malas ondas” como dicen ustedes.
— No sé qué hinchas tanto, si yo ya dije que los iba a llevar.
— Hincho para que sepas cómo llegas a estas situaciones. ¿Te cuento un cuento? Una vez un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplía 100 años. El acontecimiento fue recibido con gran alegría, ya que todos querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta para esa noche y se invitaron a poderosos señores del reino y de otros países. El día llegó y una montaña de regalos se amontonó en la entrada del salón, donde el maharajá iba a saludar a sus invitados. Durante la cena, el maharajá pidió a sus sirvientes que separaran los regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía quién los había enviado.
A los postres, el rey mandó traer todos los regalos en sus dos montañas. Una de cientos de grandes y costosos regalos y otra más pequeña, de una decena de presentes. El maharajá comenzó a tomar regalo por regalo de la primera montaña y fue llamando a los que habían enviado los regalos. A cada uno lo hacía subir al trono y le decía:
—Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes –y le devolvía el regalo, no importaba cuál fuera.
Cuando terminó con esa pila, se acercó a la otra montaña de regalos y dijo:
—Estos regalos no tienen remitente. A estos sí los voy a aceptar, porque estos no me obligan y a mi edad, no es bueno contraer deudas.
—Cada vez que recibes algo, Demián, puede estar en tu ánimo o en el del otro, transformar este dar en una deuda. Si fuera así, sería mejor no recibir nada. Pero si eres capaz de dar sin esperar pagos y de recibir sin sentir obligaciones,
entonces puedes dar o no, recibir o no, pero nunca más quedarás endeudado. Y lo más importante, nunca más nadie dejará de pagarte lo que te debe, porque nunca más nadie te deberá nada.
Cuando Jorge terminó de hablar, la bronca había desaparecido. Me di cuenta de que no tenía obligación de llevarle los apuntes. Me di cuenta de que lo que él me había ayudado, fue hecho con sus ganas. Y aún más: si lo había hecho como una manera de dejarme deudor, era un turro y entonces yo no quería hacerle favores. No debía pues nada y podía hacer lo que quisiera. Así que le di un beso a Jorge y me fui a llevarle los apuntes a Juan.

BUSCANDO A BUDA



A veces, volvía a preguntarme si el fundamento filosófico gestáltico no era demasiado egoísta. Parecía que la ideología daba tanta libertad, que alguien podía elegir cagarse en el resto del mundo y estaba bien. Alguien podía vivir mirándose el ombligo y no había problema. Parecía en fin, que los valores positivos de nuestra educación no eran valores para la Gestalt. Así que se lo pregunté al gordo.
— Es verdad –me dijo—, a veces parece que fuera así.
— ¿Y no es así?
— Sí. Es así... por eso parece que fuera así.
— ¡Qué gracioso!
— No, en serio, es así. En todo caso, de la Gestalt no sé. Pero yo, yo sí creo que cada uno debe ser como es, aunque ese “como es” sea una mierda.
— ¿Tú prefieres vivir entre la mierda?
— No, pero imagínate qué pasaría si cada uno viviera como es. Exactamente fiel a como es... Yo creo que pasaría lo
siguiente: Los que son una mierda, seguirían siéndolo y el cambio no aportaría nada. Pero los que actúan como mierda, sólo porque viven esforzándose por mejorar, esos, se volverían gentes muy agradables... y como si esto fuera poco, los bondadosos de corazón, dejarían de cuestionarse y tendrían mucho tiempo libre para hacer las cosas bien.
—Pero el final es lo mismo.
—No, no lo es. La educación en que vivimos cree que hay que educar la solidaridad, yo creo que hay que dejarla salir.
— ¿Qué tal educar para dejarla salir?
— Quizás pudiera ser útil, pero sin forzar a nadie a ser solidario. Eso es empujar al río para que fluya... y no me calza.
— Pero entonces existen mejores y peores personas, existen el egoísmo y la solidaridad, existen el bien y el mal.
— Es probable, pero prefiero pensar que existen alturas de vuelo. Prefiero pensar que andamos por el mundo caminando y caminando. Que hay algunas pocas personas que vuelan, como los maestros; que hay algunas, menos aún, que vuelan hay algunas pocas personas que vuelan, como los maestros; que hay algunas, menos aún, que vuelan muy alto, como los sabios, y que hay también, qué pena, quienes se arrastran. Son los que ni siquiera tienen altura para levantar su cabeza del suelo; son los que tú y yo llamamos malos tipos. Incluso admitiendo que no todos tienen alas, yo creo que cada uno puede aceptar su camino; o tratar de crecer para ganar altura. 
Pero la locura existe y hay algunos que, en lugar de alzar vuelo, dedican su esfuerzo a trepar para parecer más altos; y quienes, aunque suene increíble viven enterrándose más y más abajo buscando no sé qué respuestas. 
— En todo caso, me parece que todo depende de lo elevado del objetivo. 
—No sé, ¿te cuento un cuentito? 
Buda peregrinaba por el mundo para encontrarse con aquellos que se decían sus discípulos y hablarles acerca de la Verdad. A su paso, la gente que creía en sus decires venía por cientos para escuchar su palabra, tocarlo o verlo, 
seguramente por única vez en sus vidas. Cuatro monjes que se enteraron de que Buda estaría en la ciudad de Vaali, 
cargaron sus cosas en sus mulas y emprendieron el viaje que llevaría, si todo iba bien, varias semanas. Uno de ellos 
conocía menos la ruta a Vaali y seguía a los otros en el camino. 
Después de tres días de marcha, una gran tormenta los sorprendió. Los monjes apuraron el paso y llegaron al pueblo, donde buscaron refugio hasta que pasara la tormenta. Pero el último no llegó al poblado y debió pedir refugio en casa de un pastor, en las afueras. El pastor le dio abrigo, techo y comida para pasar la noche. 
A la mañana siguiente, cuando el monje estaba pronto para partir fue a despedirse del pastor. Al acercarse al corral, vio 
que la tormenta había espantado las ovejas del pastor y que éste trataba de reunirlas. El monje pensó que sus cofrades 
estarían dejando el pueblo y si no salía pronto, los demás se alejarían. Pero él no podía seguir su camino, dejando a su 
suerte al pastor que lo había cobijado. Por ello decidió quedarse con él hasta juntar el ganado. 
Así pasaron tres días, tras los cuales se puso en camino a paso redoblado, para tratar de alcanzar a sus compañeros. 
Siguiendo las huellas de los demás, paró en una granja a reponer su provisión de agua. Una mujer le indicó dónde estaba el pozo y se disculpó por no ayudarlo, pero debía seguir con la cosecha... mientras el monje abrevaba sus mulas y cargaba sus odres con agua, la mujer le contó que tras la muerte de su marido, era difícil para ella y sus pequeños hijos llegar a recoger la cosecha antes de que se pudriera. 
El hombre se dio cuenta de que la mujer nunca llegaría a recoger la cosecha a tiempo, pero también supo que si se 
quedaba, perdería el rastro y no podría estar en Vaali cuando Buda arribara a la ciudad. Lo veré algunos días después, pensó, sabiendo que Buda se quedaría unas semanas en Vaali. La cosecha llevó tres semanas y apenas terminó la tarea, el monje retomó su marcha... 
En el camino, se enteró de que Buda ya no estaba en Vaali. Buda había partido hacia otro pueblo más al norte. El monje cambió su rumbo y se dirigió hacia el nuevo poblado. Podría haber llegado aunque más no fuera para verlo, pero en el camino tuvo que salvar a una pareja de ancianos que eran arrastrados corriente abajo y no hubieran podido escapar de una muerte segura. Sólo cuando los ancianos estuvieron recuperados, se animó a continuar su marcha sabiendo que Buda seguía su camino... 
...Veinte años pasaron con el monje siguiendo el camino de Buda... y cada vez que se acercaba, algo sucedía que 
retrasaba su andar. Siempre alguien que necesitaba de él evitaba, sin saberlo, que el monje llegara a tiempo. Finalmente se enteró de que Buda había decidido ir a morir a su ciudad natal. 
Esta vez, dijo para sí, es la última oportunidad. Si no quiero morirme sin haber visto a Buda, no puedo distraer mi 
camino. Nada es más importante ahora que ver a Buda antes de que muera. Ya habrá tiempo para ayudar a los demás, después. Y con su última mula y sus pocas provisiones, retomó el camino. 
La noche antes de llegar al pueblo, casi tropezó con un ciervo herido en medio del camino. Lo auxilió, le dio de beber y cubrió sus heridas con barro fresco. El ciervo boqueaba tratando de tragar el aire, que cada vez le faltaba más. Alguien debería quedarse con él, pensó, para que yo pueda seguir mi camino. Pero no había nadie a la vista. Con mucha ternura acomodó al animal contra unas rocas para seguir su marcha, le dejó agua y comida al alcance del hocico y se levantó para irse. 
Sólo llegó a hacer dos pasos, inmediatamente se dio cuenta que no podría presentarse ante Buda, sabiendo en lo profundo de su corazón que había dejado solo a un indefenso moribundo... Así que descargó la mula y se quedó a cuidar al animalito. Durante toda la noche veló su sueño como si cuidara a un hijo. Le dio de beber en la boca y cambió paños sobre su frente. 
Hacia el amanecer, el ciervo se había recuperado. El monje se levantó, se sentó en un lugar apartado y lloró... 
Finalmente, había perdido también su última oportunidad. 
—Ya nunca podré encontrarte –dijo en voz alta. 
—No sigas buscándome –le dijo una voz que venía desde sus espaldas— porque ya me has encontrado. 
El monje giró y vio cómo el ciervo se llenaba de luz y tomaba la redondeada forma de Buda. 
—Me hubieras perdido si me dejabas morir esta noche para ir a mi encuentro en el pueblo... y respecto a mi muerte, no te inquietes, el Buda no puede morir mientras haya algunos como tú, que son capaces de seguir mi camino por años, 
sacrificando sus deseos por las necesidades de otros. Eso es el Buda, y Buda está en ti. 
—Creo que entiendo. Un objetivo supuestamente elevado puede ser un incentivo para levantar vuelo, pero puede también 
ser usado para justificar a algunos de los que se arrastran. 
—Eso es, Demi. Eso es.

viernes, 28 de marzo de 2014

EL CIRCULO DEL NOVENTA Y NUEVE


— ¿Por qué, gordo, por qué nunca se puede estar tranquilo?
— ¿?
— Claro, a veces me pongo a pensar. La relación con Gabriela anda bárbara, mucho mejor que en otros tiempos, pero no
llega a ser lo que a mí me gustaría. No sé, falta pasión, fuego o diversión, no sé. En la facu, pasa algo parecido, voy a las
clases, aprendo, rindo los exámenes y los apruebo. Pero no es completo, me falta el gustito, el placer cotidiano de sentir
que estoy estudiando lo que quiero. Y lo mismo es con el trabajo. Estoy bien y me pagan buena guita, pero no la que a mí me gustaría ganar.
- ¿Y es todo así?
— Me parece que sí. Nunca puedo descansar y decir: bueno ahora sí, está todo bien. Es así con mi hermano, con mis
amigos, con la guita, con mi estado físico, con todas las cosas que me interesan.
— Hace unas semanas, cuando estabas angustiado por la situación en tu casa, ¿no te pasaba esto?
— Supongo que sí, pero había otras preocupaciones más grandes que tapaban estas otras cosas. Esto de hoy, de alguna
manera es “un lujo”, es lo que le daría completud a todo lo demás.
— ¿Esto es: tu preocupación empieza cuando los grandes problemas desaparecen?
— Claro.
— Esto es, este problema empieza cuando no tienes problemas.
— ¿Cómo?
— Claro, cuando todo mejora.
— ¡Y... sí!
— Dime, Demián, ¿cómo te suena esto de admitir que tienes un problema que empieza “cuando todo mejora”?
— Me siento un estúpido.
— Lo que es, es –me dijo el gordo—. Hace mucho que no te cuento un cuento de un rey.
— Verdad.
— Había una vez un rey, digamos “clásico”. 
— ¿Qué es un rey “clásico”? 
— Un rey “clásico” en un cuento, es un rey muy poderoso, que tiene una gran fortuna, un hermoso palacio, grandes 
manjares a su disposición, hermosas esposas, y acceso a todo lo que se le ocurra. Y a pesar de todo eso, no es feliz. 
— Ah... 
— Y cuanto más clásico el cuento, más infeliz el rey. 
— Y este rey ¿cuán “clásico” era? 
— Muy clásico. 
— ¡Pobre! 
Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las 
mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey contando y tarareando alegres canciones de juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día, el rey lo 
mandó a llamar. 
—Paje –le dijo— ¿cuál es el secreto? 
— ¿Qué secreto, Majestad? 
— ¿Cuál es el secreto de tu alegría? 
- No hay ningún secreto, Alteza. 
— No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira. 
— No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto. 
— ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué? 
— Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis 
hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de 
vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz? 
— Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey—. Nadie puede ser feliz por esas razones que has 
dado. 
— Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando... 
— Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo! 
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana. 
— ¿Por qué él es feliz? 
— Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo. 
— ¿Fuera del círculo? 
— Así es.
— ¿Y eso es lo que lo hace feliz? 
— No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz. 
— A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz. 
— Así es. 
— Y él no está. 
— Así es. 
— ¿Y cómo salió? 
— ¡Nunca entró! 
¿Qué círculo es ese? 
—El círculo del 99. 
— Verdaderamente, no te entiendo nada. 
— La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos. 
— ¿Cómo? 
— Haciendo entrar a tu paje en el círculo. 
— Eso, obliguémoslo a entrar. 
— No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo. 
—Entonces habrá que engañarlo. 
— No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito. 
— ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad? 
— Sí, se dará cuenta. 
— Entonces no entrará. 
— No lo podrá evitar. 
— ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir? 
— Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo? 
— Sí. 
— Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni 
una menos. ¡99! 
— ¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso? 
— Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche. 
—Hasta la noche. 
Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a 
la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la 
bolsa y le pinchó un papel que decía: 

ESTE TESORO ES TUYO. ES EL PREMIO POR SER UN BUEN HOMBRE. 
DISFRÚTALO Y NO CUENTES A NADIE CÓMO LO ENCONTRASTE. 

Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y entró en su casa. 
Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! 
Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y 
amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de 
monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas: 
Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta que 
formó la última pila: 9 monedas! 
Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa. “No puede ser”, 
pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja. 
— Me robaron –gritó— me robaron, malditos! 
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no 
encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 
monedas de oro “sólo 99”. “99 monedas. Es mucho dinero”, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un 
número completo –pensaba—. Cien es un número completo pero noventa y nueve, no. 
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos 
tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que asomaban sus 
dientes. 
El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la 
bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el 
sirviente para comprar su moneda número cien? 
Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no 
necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. 
“Doce años es mucho tiempo”, pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. 
Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y 
recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años 
reuniría el dinero. ¡Era demasiado tiempo! 
Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, 
cuanto menos comieran, más comida habría para vender... Vender... Vender... Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta 
ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su 
moneda cien. 
El rey y el sabio, volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99... ...Durante los siguientes meses, el 
sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando 
las puertas, refunfuñando y de pocas pulgas. 
— ¿Qué te pasa? –preguntó el rey de buen modo. 
— Nada me pasa, nada me pasa. 
— Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo. 
— Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor. 
— Y hoy cuando hablamos, me acordaba de ese cuento del rey y el sirviente. Tú y yo y todos nosotros hemos sido 
educados en esta estúpida ideología: Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo completos se puede gozar de lo 
que se tiene. Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar lo que falta... Y como siempre nos falta 
algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida... 
Pero que pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas 
y nos diéramos cuenta, así, de golpe que nuestras 99 monedas son el cien por cien del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve que esta es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que seamos estúpidos, para que jalemos del carro, cansados, malhumorados, infelices o resignados. 
Una trampa para que nunca dejemos de empujar 
y que todo siga igual... 
...eternamente igual! 
...Cuántas cosas cambiarían si pudiésemos disfrutar de 
nuestros tesoros tal como están
—Pero ojo, Demián, reconocer en 99 un tesoro no quiere decir abandonar los objetivos. No quiere decir conformarse con cualquier cosa. Porque aceptar es una cosa y resignarse es otra. Pero eso es parte de otro cuento.

POBRES OVEJAS




Me quedé boyando en el tema de las relaciones entre padres e hijos. ¡El gordo tenía razón! Cada generación ve las cosas desde su propio y único punto de vista. Nosotros y ellos como en otro tiempo, ellos y los abuelos, peleamos porque no podemos siquiera acordar una misma realidad.

— Hablé con mis viejos, ¿sabes?
— ¿Ahá?
— Le conté el cuento de la gallina.
— ¿Y?
—Al principio, reaccionaron exactamente como yo pensé que iban a hacer. Mi vieja diciendo que no entendía la relación
y mi viejo, diciendo que no estaba de acuerdo. Pero después nos quedamos callados un largo rato, y al final ya no estábamos tan en desacuerdo.
—Pudiste, por fin, acordar desacuerdos.
—Sí, es como tú decías, ponerse de acuerdo cuando nos ponemos de acuerdo es fácil, lo difícil es ponerse de acuerdo en que no estamos de acuerdo. Pero esto es lo que pasó.
— ¡Qué bueno!
— A pesar de todo, al final mi viejo aclaró que él cree que tiene prioridad de opinión por su edad, por su experiencia y
porque hay peligros en la vida que todavía no estamos en condiciones de enfrentar sin ellos, y toda la bola.
— ¿Y tú qué crees?
— Que no es cierto, que yo podría enfrentarme con casi todas las cosas.
— ¿Y con otras?
— Y con otras, creo que no.
— Entonces, el viejo tiene razón. Hay “peligros” para los cuales todavía los necesitas.
— Te deja en desventaja ese planteo, ¿eh? 
— Sí, pero es verdad. 
— ¡Es verdad! Ahora falta saber si es toda la verdad... 
— ¿Cómo? 
— Escucha... 
Había una vez una familia de pastores. Tenían todas las ovejas juntas en un solo corral. Las alimentaban, las cuidaban y las paseaban. De vez en cuando, las ovejas trataban de escapar. Aparecía entonces el más viejo de los pastores y les decía: 
—Ustedes, ovejas inconscientes y soberbias. No saben que afuera el valle está lleno de peligros. Solamente aquí podrán tener agua, alimentos y sobre todo, protección contra los lobos. En general, esto bastaba para frenar los “aires de libertad” de las ovejas. Un día nació una oveja diferente, digamos una oveja negra. Tenía espíritu rebelde y animaba a sus compañeras a huir hacia la libertad de la pradera. Las visitas del viejo pastor para convencer a las ovejas de los peligros exteriores, debieron hacerse cada vez más frecuentes. No obstante, las ovejas estaban inquietas y cada vez que se las sacaba del corral, daba más trabajo reunirlas. 
Hasta que una noche, la oveja negra las convenció y huyeron. Los pastores no notaron nada hasta el amanecer, allí vieron el corral roto y vacío. Todos junto fueron a llorar a lo del anciano jefe de familia. 
— Se han ido, se han ido. 
— Pobrecitas... 
— ¿Y el hambre? 
— ¿Y la sed? 
— ¿Y el lobo? 
— ¿Qué será de ellas sin nosotros? 
El anciano tosió, dio una pitada de la pipa y dijo: 
—Es verdad, ¿qué será de ellas sin nosotros? Y lo que es casi peor... ¡¿Qué será de nosotros sin ellas?!

jueves, 27 de marzo de 2014

LA GALLINA Y LOS PATITOS



Venía discutiendo mucho con mis viejos. Yo me sentía totalmente incomprendido. Me parecía imposible no poder
entenderme con ellos. Sobre todo, con mi viejo. Siempre creí que mi papá era un tipo fantástico, y en aquel tiempo lo
seguía creyendo. Pero él se portaba como si pensara que yo era un idiota. Todo lo que yo hacía le parecía mal, o inútil, o
peligroso o inadecuado. Y cuando yo intentaba explicarlo era peor, no había dos ideas que pudiéramos compartir.
—...Y me resisto a creer que mi viejo se volvió estúpido.
—Bueno, no creo que se haya vuelto estúpido.
—Pero te aseguro, gordo, que se porta como si fuera tarado. Como si se encaprichara en posturas obtusas y pasadas de
moda. Mi viejo no es un tipo tan mayor como para no entender a los jóvenes... decididamente es muy extraño.
— ¿Cuento?
—Cuento.

Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos... Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató. Por
alguna razón no llegó a comerse los huevos antes de huir, pero estos quedaron abandonados en el nido. Una gallina
clueca que pasó por allí, encontró el nido sin cuidados y su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.
Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina como su madre y caminaron en fila tras ella.
La gallina contenta con su nueva cría, los llevó hasta la granja. Todas las mañanas después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el piso y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra un mísero gusano, la mamá sacaba para todos sus polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos en sus propios picos.
Un día, como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila. Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos de un salto se zambulleron con naturalidad en la laguna, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua. Los patitos nadaban alegres chapoteando y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran. El gallo apareció por los gritos de la madre y se percató de la situación. 
—No se puede confiar en los jóvenes –fue su sentencia— son unos imprudentes. Uno de los patitos que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo: 
—No nos culpen a nosotros por sus propias limitaciones. 
—No pienses, Demián, que la gallina estaba equivocada. No juzgues tampoco al gallo. No creas a los patos prepotentes y desafiantes. Ninguno de estos personajes está equivocado, lo que sucede es que ven la realidad desde miradores distintos. El único error, casi siempre, es creer que el mirado en que estoy, es el único desde el cual se divisa la verdad. 
El sordo siempre cree que los que danzan están locos.

jueves, 20 de marzo de 2014

CARPINTERÍA " EL SIETE"



— Es que además de obtusos hay tipos que no se dejan ayudar – me quejé.
El gordo se acomodó y contó:
Era una pequeña casucha, casi un ranchito en las afueras de la ciudad. Un pequeño taller adelante con unas pocas
máquinas y herramientas, dos piezas, una cocina y un rudimentario baño atrás... Sin embargo, Joaquín no se quejaba, en estos dos años el taller de carpintería “El 7” se había hecho conocer en el pueblo y él ganaba suficiente dinero como para no tener que recurrir a sus magros ahorros.
Esa mañana, como todas, se levantó a las seis y media para ver salir el sol. No obstante, no llegó al lago. En el camino, a
unos 200 metros de su casa, casi tropezó con el cuerpo herido y maltrecho de un joven. Con rapidez, se arrodilló y apoyó su oído contra el pecho del joven... débilmente, allá en el fondo, un corazón luchaba por mantener lo que quedaba de vida en ese cuerpo sucio y hediente a sangre, a mugre y a alcohol.
Joaquín fue a buscar y trajo una carretilla, sobre la que cargó al joven. Al llegar a la casa tendió el cuerpo sobre su cama, cortó las raídas ropas y lo higienizó cuidadosamente con agua, jabón y alcohol. El muchacho, además de su borrachera había sido golpeado con salvajismo. Tenía heridas cortantes en las manos y la espalda, y su pierna derecha estaba fracturada.
Durante los siguientes dos días, toda la vida de Joaquín se centró en la salud de su obligado huésped: curó y vendó las
heridas, entablilló su pierna y alimentó al joven de a pequeñas cucharadas con caldo de pollo. Cuando el joven despertó, Joaquín estaba a su lado mirándolo con ternura y ansiedad.
— ¿Cómo estás? –preguntó Joaquín.
—Bien... creo –respondió el joven mientras se miraba su cuerpo aseado y curado — ¿quién me curó?
— Yo.
— ¿Por qué?
— Porque estabas herido.
— ¿Sólo por eso?
— No, también porque necesito un ayudante.
Y ambos rieron con ganas. Bien comido, bien dormido y sin beber alcohol, Manuel, que así se llamaba el joven, se
fortaleció enseguida. Joaquín intentaba enseñarle el oficio y Manuel intentaba rehuir del trabajo todo lo que podía. Una y
otra vez Joaquín inculcaba en aquella cabeza deteriorada por la vida transcurrida, las ventajas del buen trabajo, del buen nombre y de la vida buena. Una y otra vez, Manuel parecía entender y dos horas o dos días después, volvía a quedarse dormido o se olvidaba de cumplir con la tarea que Joaquín le había encomendado.
Pasaron meses. Manuel estaba curado. Joaquín había destinado para Manuel la habitación principal, una participación en el negocio y el primer turno del baño, a cambio de la promesa del joven, de dedicación al trabajo. Una noche, mientras Joaquín dormía, Manuel decidió que seis meses de abstinencia eran bastante y creyó que una copa en el pueblo no le haría daño. Por si Joaquín se despertaba en la noche, cerró la puerta de su habitación desde adentro y salió por la ventana dejando la vela encendida para dar la impresión de que se encontraba allí. 
A la primera copa siguió la segunda, y a esta la tercera, y la cuarta, y otras muchas... Cantaba con sus compañeros de 
trago, cuando pasaron los bomberos por la puerta del boliche haciendo sonar la sirena. Manuel no asoció este hecho con lo ocurrido hasta que de madrugada, tambaleándose hasta su casa, vio la muchedumbre reunida en su cuadra... Sólo alguna pared, las máquinas y unas pocas herramientas se salvaron del incendio. Todo lo demás quedó destruido por el fuego. De Joaquín sólo se encontraron cuatro o cinco huesos chamuscados, que enterraron en el cementerio bajo una lápida donde Manuel hizo escribir: 
“LO HARÉ, JOAQUÍN. ¡LO HARÉ!” 
Con mucho trabajo, Manuel, reconstruyó la carpintería. Él era vago, pero hábil y lo que aprendió de Joaquín alcanzó para llevar adelante el negocio. Siempre sentía que, desde algún lugar, Joaquín lo miraba y alentaba. Manuel lo recordaba en cada logro: su casamiento, el nacimiento de su primer hijo, la compra de su primer auto... ...A quinientos kilómetros de allí Joaquín, vivito y coleando, se preguntaba si era lícito mentir, engañar y prenderle fuego a esa casa tan bonita sólo para salvar a un joven. Se contestó que sí, y rió de sólo pensar en la policía de pueblo que confunde huesos humanos con huesos de cerdo... Su nueva carpintería era un poco más modesta que la anterior, pero ya era conocida en el pueblo... se llamaba...CARPINTERÍA “EL 8”. 
— A veces, Demián, la vida te hace difícil poder ayudar a un ser querido. No obstante, si hay alguna dificultad que vale 
la pena enfrentar, es la de estar para otro. Esto no es un “deber moral” ni nada que se le parezca, esta es una elección de vida que cada uno puede hacer a su tiempo y en la dirección que desee. 
Mi experiencia personal vivencial y observatoria me hace creer que el ser humano libre y encontrado consigo mismo es generoso, solidario, amable y capaz de disfrutar por igual del dar y del recibir. Por lo tanto, cada vez que te encuentres con aquellos que viven mirándose al ombligo, no los odies; ya bastante despelote deben tener con ellos mismos. Cada vez que te descubras en actitudes mezquinas, ruines o pequeñas, aprovecha para preguntarte qué te está pasando. Te garantizo que en algún lugar erraste el rumbo. Alguna vez, escribí: 
Un neurótico no necesita 
un terapeuta que lo cure 
ni un papito que lo cuide. 
Todo lo que necesita 
es un maestro que le muestre 
dónde perdió el camino.

lunes, 17 de marzo de 2014

¡ NO MEZCLAR!




— Gabriela siempre se está quejando de que yo no le presento a mis amigos. Todo el tiempo quiere conocer a los chicos 
y las chicas de la facultad. ¡Me tiene harto!
— ¿Y tú le presentas a la gente de la facultad?
— Yo no la oculto. Si nos cruzamos con alguien en la calle o en una fiesta yo la presento, pero lo que ella quisiera es
entrar en mi mundo de relaciones.
—Que es, si yo entiendo bien, justo justo lo que tú no quieres.
—Y... depende...
— ¿Depende de qué?
— Qué sé yo. Depende. Si la cosa se da naturalmente, está bien. Pero forzar situaciones, no.
— ¿Tú me estás cargando? ¿Qué es forzar situaciones? Que haya una fiesta de la gente de la facultad, que te inviten, y que vayas con tu novia, ¿eso es forzar?
— Sí, claro que es forzar. No tiene nada que ver. Si nadie la conoce.
— Esto parece joda, Demián. Yo tenía un primo que antes de almorzar y antes de cenar se comía un sándwich, porque
decía que no podía comer nada con el estómago vacío.
— Yo no veo la relación entre el chiste y lo mío.
—No, hoy no le ves la relación a nada. Me dices que no le das lugar a Gabriela entre tus amigos, porque ni la conocen y no la conocen porque tú no le das lugar...
—...
— ¿Para qué, Demián?
— Porque Gabriela...
— ¿Para qué, Demián, para qué?
— ¿Para qué?... Para no mezclar.
— ¿Cómo es eso?
— Claro, yo no quiero mezclar estos dos grupos de relaciones... Y no creas que me resulta fácil. No sólo Gabriela se enoja, la verdad es que también discuto con mis compañeros de la facu, también ellos insisten para que traiga a Gaby.
Nadie entiende que quiero tener las cosas en su lugar: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
— Pero dime, esta cosa y esta otra cosa y las otras cosas diferentes de estas cosas, ¿no están acaso anidando todas
adentro de ti?
—¿Para qué quieres que no se mezclen?
—No sé, gordo, pero no quiero mezclarlas.
—No es la primera vez que haces esto, ¿verdad?
— ¿Cómo que no es la primera vez?
—Claro, ya otras veces me has contado que te ocupas de no mezclar.
—Ah, sí, creo que te hablé alguna vez de no mezclar mi familia con mis amigos, la gente del club con la de la facultad, y no sé cuál otra.
—Yo siento que intentar preservar lugares privados que te pertenecen debe ser útil, es cierto. Pero también creo que
encasillar los hechos y las personas de tu vida para que nunca se crucen, es demasiado fatigoso y a veces, yo diría
peligroso.
— ¿Por qué peligroso?
— Porque me parece que poniendo barreras y limitaciones, los otros empiezan a dudar de sus propios lugares y reclaman que les des la posibilidad de compartir contigo tus cosas, sobre todo las que se ve que son importantes.
—Ese es su problema, no el mío.
— No te pongas rígido. Será su problema, pero tú eres el que tiene que saber que el otro se queda resentido, se siente excluido y despreciado. Este es el riesgo. Quizás terminas hiriendo al otro “por no mezclar”, arruinas tu relación con ellos, por poner vallas.
—Creo que lo hago sólo con mis grupos de amigos, porque son totalmente separados...
—Demi, algunos meses después de empezar terapia conmigo, llegaste de la facultad, te habías quedado sin guita y no querías pedirle a tus viejos. ¿Te acuerdas? Yo, naturalmente, te ofrecí prestarte hasta el mes siguiente, o hasta cuando tuvieras. ¿Sí?
—Sí.
— ¿Y te acuerdas qué pasó?
—Sí, no la quise aceptar.
— ¿Te acuerdas de tus argumentos?
—No, no sé.
—Me dijiste que te sorprendía, que me agradecías pero que “no querías mezclar”. ¿No te suena esa frase?
—Bueno, pero tú no te sentiste ni despreciado, ni excluido, ni no sé qué...
— ¿Estás seguro?
— ...Casi.
— Mientes. No estás seguro ni un poquito.
— Mira, contigo, no estoy seguro ni de cómo me llamo.
— Te puedo asegurar, Demi, que a veces no importa cuán claro tengas las cosas. Cuando tú ofreces ayuda de corazón al otro y el otro la rechaza porque es estúpido, orgulloso o simplemente porque sí, no tienes ganas de festejar; la primera sensación es de mandarlo a la mierda.
—Es verdad, entiendo.
—Para variar te voy a contar un cuento

Había una vez un señor que tenía un sirviente bastante tonto. El señor no era tan mezquino como para echarlo, ni tan generoso como para mantenerlo sin que hiciera nada, (que es lo mejor que se puede hacer con un tonto!). El caso es que el señor trataba de darle tareas sencillas para que el tonto “sirviera para algo”. Un día lo llamó y le dijo:
—Anda hasta el almacén y compra una medida de harina y una medida de azúcar. La harina es para pan y el azúcar para dulce, así que: Que no se mezclen. ¿Me escuchaste? ¡Que no se mezclen!
El sirviente hizo esfuerzos por retener la orden: una medida de harina, una medida de azúcar y que no se mezclen... Que no se mezclen. Tomó una bandeja y partió al almacén. Camino al almacén repetía para sus adentros “una medida de harina y una medida de azúcar pero que no se mezclen!” Llegó al almacén:
—Una medida de harina, señor.
El almacenero metió el jarro de la medida en la harina y la sacó colmada. El sirviente acercó la bandeja y el almacenero vació el jarro sobre la bandeja.
—Y una medida de azúcar –dijo el comprador.
Otra vez el almacenero tomó una medida, la introdujo en el gran cajón y la sacó, esta vez llena de azúcar.
— ¡Que no se mezclen! –dijo el sirviente.
—Y entonces ¿dónde pongo el azúcar? –preguntó el almacenero.
El otro pensó un rato, y mientras pensaba (cosa que buen trabajo le costaba), pasó la mano por el lado de abajo de la
bandeja “dándose cuenta que estaba vacío” (¿?), así que en una rápida decisión, dijo:
—Acá –Y dio vuelta la bandeja derramando, por supuesto, la harina.
El sirviente dio media vuelta y volvió contento a la casa: una medida de harina, una de azúcar y que no se mezclen.
Cuando llegó el señor de la casa lo vio entrar con la bandeja de azúcar, le preguntó:
— ¿Y la harina?
— ¡Que no se mezclen! – contestó el tonto— ¡Está acá!... y  en un rápido movimiento, dio vuelta la bandeja...derramando también el azúcar...


domingo, 16 de marzo de 2014

POSESIVIDAD



No sé muy bien subido a qué historias, entré en un camino angustiante e inútil. Todo empezó con un ataque de celos con mi novia. Ella había preferido encontrarse con sus amigas del colegio y postergar la salida conmigo, que lo contrario.
Desde allí empezaron a desfilar por mi cabeza las situaciones de pérdida y el dolor que esto siempre me causaba. Yo había hablado en terapia de la importancia de vivir las pérdidas como tales, pero ahora estaba francamente fastidiado.
— No entiendo por qué tengo que compartir mi pareja con sus amigas, ni mis amigos con sus parejas. Lo digo así para
escucharme esta estupidez y que me ayudes. Cuando algo es Mío, aunque sea troglodítico como dices tú, siento que
tengo derecho de cederlo o NO, y por el tiempo que quiera yo. Por eso es Mío.
Jorge dejó la pava y me contó:
Caminaba distraídamente por la calle cuando la vio. Era una enorme y hermosa montaña de oro. El sol le daba de lleno y
al rozar su superficie reflejaba tornasoles multicolores, que la hacían parecer un personaje galáctico salido de una
película de Spielberg. Se quedó un rato mirándola como hipnotizado.
— ¿Tendrá dueño? –pensó. Miró para todos lados, pero nadie estaba a la vista. Al fin, se acercó y la tocó. Estaba tibia.
Pasando los dedos por su superficie, le pareció que su suavidad era la correspondencia táctil perfecta de su luminosidad y de su belleza.
— La quiero para mí –pensó. Muy suavemente la levantó y comenzó a caminar con ella en brazos, hacia las afueras de la ciudad. Fascinado, entró lentamente en el bosque y se dirigió al claro. Allí, bajo el sol de la tarde, la colocó con cuidado en el pasto y se sentó a contemplarla.
— Es la primera vez que tengo algo valioso que es mío. ¡Sólo mío! –pensaron los dos simultáneamente.
— Cuando poseemos algo y nos esclavizamos en dependencia de ese algo, quién tiene a quién, Demi... ¿Quién tiene a quién?

viernes, 14 de marzo de 2014

TORNEO DE CANTO

Me quedé pegado a algunas de las palabras de la sesión anterior. Salí del consultorio y me resonaban: mezquino, ruin, egoísta, rumbo equivocado... tenía un lío en mi cabeza, indescifrable. Llegué a sesión con la “clara intención”, como
decía Jorge, de seguir sobre el tema.
—Jorge –dije— tú siempre defiendes el egoísmo como la clara expresión de la autoestima, del amor propio bien
entendido... pero la vez pasada hablaste de mezquino, y yo que me contagié de ti esa estúpida costumbre de buscar en el diccionario las palabras que me resuenan, busqué por supuesto, mezquino.
— ¿Y?
— Decía: “Avaro, miserable, desgraciado, pobre”. Y ¿qué quieres que te diga? A mí, de repente, me suena todo igual.
— Veamos –dijo el gordo que había agarrado el Diccionario de la Real Academia—. Aquí agrega: “Necesitado, escaso,
diminuto” y dice que la palabra es de origen árabe (de miskin = pobre).
— Quizás ahora lo podamos definir mejor –siguió— “Mezquino” debe ser el que carece, o cree que carece, de lo más necesario. Es el que necesita lo que no tiene para dejar de ser diminuto, es el que se niega a dar porque todo lo quiere para él, es el pobre desgraciado infeliz que no puede ver otros deseos que los suyos.
Jorge hizo un largo silencio buscando en su memoria... y yo me acomodé para escuchar lo que seguía. Una vez llegó a la selva un búho que había estado en cautiverio, le contaba a todos acerca de las costumbres de los humanos. Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas en competencia, a fin de decidir quiénes eran los
mejores en cada disciplina, pintura, dibujo, escultura, canto...
La idea de transplantar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizás por ello se organizó de
inmediato un concurso de canto, en el cual se anotaron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero al
rinoceronte. Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se definiría por el voto
secreto y universal de todos los concursantes, que serían de esta manera su propio “jurado”.
Así fue. Todos los animales incluido el hombre pasaron al estrado y cantaron recibiendo el más o menos intenso aplauso de la audiencia. Luego anotaron su voto en un papelito y lo colocaron doblado en una gran urna que sostenía el búho.
Cuando llegó el momento del recuento, el búho se subió al improvisado escenario y flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para leer y comenzar el recuento de los votos del “transparente acto eleccionario”, “gala del voto universal y secreto” y “ejemplo de vocación democrática” (como había escuchado decir a los políticos en las ciudades).Uno de los ancianos sacó el primer voto y el búho, ante la emoción general, gritó:
— ¡El primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!
Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.
— ¡Segundo voto: burro!
...¿?...
— ¡Tercero... burro!
Los concurrentes comenzaron a mirarse, sorprendidos al principio, acusadoramente después y por último, cuando
proseguían apareciendo votos para el burro, cada vez más culposos y avergonzados de sus propios votos. Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantores. Y así sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por “libre elección” del “imparcial” jurado, que el desigual y estridente grito del burro era el ganador:

LA MEJOR VOZ DE LA SELVA Y ALREDEDORES.

El búho explicó después lo sucedido: cada concursante considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos calificado de los concursantes. Aquel que no podía representar amenaza alguna a su propia proclamación.
La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro que nada tenía para perder y
votó sinceramente por la calandria y el del hombre que (cuándo no), votó por sí mismo.
—Y bien, Demián, estas son las cosas que hace la mezquindad en nuestra sociedad. Cuando nos sentimos tan necesitados que no hay espacio para otros, cuando nos creemos tan merecedores que no podemos ver más lejos de nuestro ombligo, cuando nos imaginamos tan maravillosos que no concebimos otra posibilidad que no sea poseer lo deseado, entonces muchas veces la vanidad, la miseria, la chatura, la estupidez, nos vuelve mezquinos. No egoístas, Demián, mezquinos...

MEZ—QUI— NOS.

EL ORO



Cuento de Gibrán Jalil Gibrán


Cierto día, dos hombres que se encontraron en la ruta caminaban junto hacia Salamis, la Ciudad de las Columnas. Al mediodía llegaron hasta un ancho río sin puente para cruzarlo. Debían nadar o buscar alguna otra ruta que desconocían.

Y se dijeron: “Nademos. Después de todo el río no es tan ancho”. Y se zambulleron y nadaron.

Y uno de los hombres, el que siempre supo de ríos y rutas de ríos, de pronto, en el medio de la corriente, comenzó a perderse y a ser arrastrado por las impetuosas aguas; mientras, el otro, que nunca antes había nadado, cruzó el río en línea recta y se detuvo sobre un banco. Entonces, viendo a su compañero luchando aún con la corriente, se arrojó otra vez al agua y lo trajo a salvo hasta la orilla.

Y el hombre que había sido arrastrado por la corriente dijo:

- ¿No habías dicho que no podías nadar?
- ¿Cómo es que cruzaste el río con tanta seguridad?

- Amigo -explicó el segundo hombre-, ¿ves este cinturón que me ciñe? Está lleno de monedas de oro que gané para mi esposa y mis hijos, todo un año de trabajo. Es el peso de este cinturón el que me condujo a través del río, hacia mi esposa y mis hijos. Y mi esposa y mis hijos estaban sobre mis hombros mientras yo nadaba.


Y los dos hombres continuaron su camino juntos hacia Salamis.

jueves, 13 de marzo de 2014

EL HOMBRE QUE SE CREÍA MUERTO



Había un señor muy aprensivo respecto de sus propias enfermedades y sobre todo, muy temeroso del día en que le llegara la muerte. Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió que quizás él ya estaba muerto. Entonces le preguntó a su mujer:

—Dime mujer, ¿no estaré muerto yo?

La mujer rió y le dijo que se tocara las manos y los pies. —Ves, ¡están tibios! Bien, eso quiere decir que estás vivo. Si
estuvieras muerto, tus manos y tus pies estarían helados.
Al hombre le sonó muy razonable la respuesta y se tranquilizó. Pocas semanas después, el hombre salió bajo la nieve a hachar algunos árboles. Cuando llegó al bosque se sacó los guantes y comenzó a hachar. Sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y notó que sus manos estaban frías. Acordándose de lo que le había dicho su esposa, se quitó los zapatos y las medias y confirmó con horror que sus pies también estaban helados. En ese momento ya no le quedó ninguna duda, se“dio cuenta” de que estaba muerto.

—No es bueno que un muerto ande por ahí hachando árboles –se dijo. Así que dejó el hacha al lado de su mula y se tendió quieto en el piso helado, las manos en cruz sobre el pecho y los ojos cerrados.
A poco de estar tirado en el piso, una jauría comenzó a acercarse a las alforjas donde estaban las provisiones. Al ver que nada los paraba, destrozaron las alforjas y devoraron todo lo que había de comestible. El hombre pensó: —Suerte que tienen que estoy muerto que si no, yo mismo los echaba a patadas.

La jauría siguió husmeando y descubrió el burro atado a un árbol. Fácil presa era de los filosos dientes de los perros. El
burro chilló y coceó pero el hombre sólo pensó qué lindo sería defenderlo, si no fuera porque él estaba muerto. En
algunos minutos dieron cuenta del burro, sólo unos pocos perros seguían royendo algún hueso. La jauría, insaciable,
siguió rondando el lugar.

No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros olió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio al hachero tirado
inmóvil en el piso. Se acercó lentamente (muy lentamente, porque el hombre era muy peligroso y engañador). En pocos instantes, todos los perros babeando sus fauces rodearon al hombre. —Ahora me van a comer –pensó—. Si no estuviera muerto, otra sería la historia.

Los perros se acercaron... ...y viendo su inacción se lo comieron.

martes, 11 de marzo de 2014

EL REY CICLOTÍMICO


Cuando comencé a hablar, me di cuenta de mi aceleramiento. Estaba eufórico. A medida que le contaba a Jorge, me daba cuenta de cuántas cosas había hecho durante la semana. Como otras veces, me sentía un Supermán triunfal, un enamorado de la vida. Le contaba al gordo mis planes para los próximos días. Tenía tanta fuerza, tanta energía... 

El gordo se sonrió alegre y acompañante. Como siempre, me pareció que ese tipo me acompañaba en mis estados de ánimo, cualesquiera que fueran. Compartir esta alegría con Jorge era una razón más para estar alegre. Todo me salía bien. 

Seguí planeando cosas. No me alcanzarían dos vidas para hacer lo que estaba dispuesto a empezar. —¿Te cuento un cuento? –dijo. Con esfuerzo, reconozco, me callé. 

Había una vez un rey muy poderoso que reinaba un país muy lejano. Era un buen rey. Pero el monarca tenía un problema: era un rey con dos personalidades. Había días en que se levantaba exultante, eufórico, feliz. Ya desde la mañana, esos días aparecían como maravillosos. Los jardines de su palacio le parecían más bellos. Sus sirvientes, por algún extraño fenómeno, eran amables y eficientes esas mañanas. 

En el desayuno confirmaba que se fabricaban en su reino las mejores harinas y se cosechaban los mejores frutos. Esos eran días en que el rey rebajaba los impuestos, repartía riquezas, concedía favores y legislaba por la paz y por el bienestar de los ancianos. Durante esos días, el rey accedía a todos los pedidos de sus súbditos y amigos. 
Sin embargo, había también otros días. Eran días negros. Desde la mañana se daba cuenta de que hubiera preferido dormir un rato más. Pero cuando lo notaba ya era tarde y el sueño lo había abandonado. Por mucho esfuerzo que hacía, no podía comprender por qué sus sirvientes estaban de tan mal humor y ni siquiera lo atendían bien. El sol le molestaba aun más que las lluvias. La comida estaba tibia y el café demasiado frío. La idea de recibir gente en su despacho le aumentaba su dolor de cabeza. Durante esos días, el rey pensaba en los compromisos contraídos en otros tiempos y se asustaba pensando en cómo cumplirlos. Esos eran los días en que el rey aumentaba los impuestos, incautaba tierras, apresaba opositores...

Temeroso del futuro y del presente, perseguido por los errores del pasado, en esos días legislaba contra su pueblo y su palabra más usada era NO. Consciente de los problemas que estos cambios de humor le ocasionaban, el rey llamó a todos los sabios, magos y asesores de su reino a una reunión. 

—Señores –les dijo— todos ustedes saben acerca de mis variaciones de ánimo. Todos se han beneficiado de mis euforias y han padecido mis enojos. Pero el que más padece soy yo mismo, que cada día estoy deshaciendo lo que hice en otro tiempo, cuando veía las cosas de otra manera. Necesito de ustedes, señores, que trabajéis juntos para conseguir el remedio, sea brebaje o conjuro que me impida ser tan absurdamente optimista como para no ver los hechos y tan ridículamente pesimista como para oprimir y dañar a los que quiero. 
Los sabios aceptaron el reto y durante semanas trabajaron en el problema del rey. Sin embargo todas las alquimias, todos los hechizos y todas las hierbas no consiguieron encontrar la respuesta al asunto planteado. Entonces se presentaron ante el rey y le contaron su fracaso. Esa noche el rey lloró. 

A la mañana siguiente, un extraño visitante le pidió audiencia. Era un misterioso hombre de tez oscura y raída túnica que alguna vez había sido blanca. 
—Majestad –dijo el hombre con una reverencia—, del lugar de donde vengo se habla de tus males y de tu dolor. He venido a traerte el remedio. Y bajando la cabeza, acercó al rey una cajita de cuero. El rey, entre sorprendido y esperanzado, la abrió y buscó dentro de la caja. Lo único que había era un anillo plateado. 

—Gracias –dijo el rey entusiasmado— ¿es un anillo mágico? 
—Por cierto lo es –respondió el viajero—, pero su magia no actúa sólo por llevarlo en tu dedo... Todas las mañanas, apenas te levantes, deberás leer la inscripción que tiene el anillo. Y recordar esas palabras cada vez que veas el anillo en tu dedo. 

El rey tomó el anillo y leyó en voz alta: Debes saber que ESTO también pasará.